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  Volver a: "Avivamiento y Reforma de la iglesia"

Parábolas

Contenido:
El camino a la otra orilla (La conversión)
La búsqueda del Monte del Señor (La iglesia)
El candidato (Los institutos bíblicos)
Una mera formalidad (Iglesia y estado)
La reconquista del barco (La iglesia)

(Continuará...)


El camino a la otra orilla

(Nota: Esta es la descripción de un sueño que tuve a la edad de 18 años. En aquel tiempo yo me reunía con un grupo cristiano y pensaba que era cristiano. Este sueño fue parte de una cadena de sucesos que Dios usó para mostrarme que en realidad yo no era cristiano, y para enseñarme cuál era el camino para llegar al lado de Jesús.)

Por un buen tiempo yo estaba ya caminando al borde de esta quebrada honda. Se podían ver unos acantilados empinados un poco más abajo del camino, pero no dejaron ver toda la profundidad de la quebrada. Yo me di cuenta de que me encontraba en el lado equivocado. Tuve que llegar a la otra orilla, ¿pero cómo? No había camino, ni puente, solamente estos acantilados imposibles de atravesar. Pude ver muy bien el otro lado, rebosando de vida, tan cerca parecía, pero tan lejos para llegar...

Volteé por la ladera del cerro, y entonces vi el puente. En realidad no era un puente, solamente era una construcción de elementos de madera sueltos, parecidos a sillas vacías puestas una dentro de otra, o una encima de otra, formando así un arco audaz suspendido en el aire y extendiéndose hacia la otra orilla. Al subir por este arco, tenía que agarrarme con las manos de los bordes, y por entre mis pies veía el abismo, cada vez más hondo a medida que avanzaba; porque no había tablas donde pisar, toda la construcción era solamente un armazón vacío.

Al avanzar de esta manera peligrosa, recordé como en mis juegos de niño yo había construído toda clase de castillos, barcos, puentes, y otras cosas más, de sillas y bancas puestas una sobre otra. De hecho, este puente se parecía exactamente a una de aquellas construcciones mías. ¿Será que yo mismo en algún momento construí este puente?, me pregunté. Seguramente, debía haber sido yo, porque este era mi propósito: llegar a la otra orilla, sea como sea. Y así me había atrevido a intentar lo imposible para un hombre.

Me estaba acercando más a la mitad del arco, su punto más alto. Tuve que ir gateando ahora y agarrándome fuertemente con las manos, porque ya no había nada más arriba donde cogerme. Por abajo pude ver por fin hasta el fondo de la quebrada. Era todavía más honda de lo que había pensado: cientos y cientos de metros, quizás mil metros, de acantilado tras acantilado descendían casi verticalmente hacia abajo. Al fondo corría un río salvaje que echaba espuma saltando sobre las rocas, su agua de un color celeste blanquecino, ahora que el cielo despejado se reflejaba en él. La vista me hizo marear, pero tuve que avanzar.

En este momento sucedió algo más adelante de mí, no vi qué era exactamente: ¿había una piedra caído sobre el puente desde la nada? ¿o se había chocado un pajarito volando con él? Fuera lo que fuera, hizo que se soltase uno de los elementos de madera, y éste cayó hacia abajo, ganando velocidad y haciéndose cada vez más pequeño, hasta que ya no pude distinguirlo. Pero entonces el siguiente elemento, que había perdido parte de su soporte, también se soltó y cayó ... y así sucesivamente, hacia ambos lados, se desprendió pedazo tras pedazo y cayó a este abismo insondable.

Solo pude mirarlo, incapaz de moverme o de hacer alguna otra cosa. Esta misma construcción que yo pensaba que me iba a llevar a la vida, ¡ahora iba a ser mi muerte!

Entonces me llegó a mí. Se cayó la madera que me sostenía, y yo también caí abajo, pasando con una velocidad espantosa por el lado de los acantilados interminables. Vi acercarse desde abajo las olas salvajes y la espuma del río. Y más rápidamente de lo que pude pensarlo, me encontré dentro de estas aguas turbulentas y me hundí, más y más abajo todavía.

Hacia el fondo del río, la corriente era más tranquila. Cuando ya me encontraba en estas aguas silenciosas de la profundidad, fue como si me despertase de un sueño, asombrado de que todavía estaba con vida. Parecía que podía ver exactamente la forma como corrían las aguas, y supe que solo me faltaba dar un solo empujón - no hacia arriba, sino más abajo todavía -, e iba a entrar a la corriente del fondo que finalmente me llevaría a la superficie nuevamente.

Así lo hice, y efectivamente fui llevado por una corriente poderosa que me llevó hacia arriba y me dejó sobre la arena de la orilla. El río se veía diferente ahora: ya no botaba espuma, sino que fluía ancho y majestuosamente, pero siempre con mucha fuerza.

Me di cuenta de que me encontraba en la otra orilla: en el lugar donde había querido llegar. Mis propios intentos para llegar allí no habían resultado; pero una vez que había muerto todo lo que yo era y todo lo que yo podía hacer, fui llevado allí milagrosamente. Justo en el lugar donde me encontraba, pude ver el comienzo de un camino que llevaba arriba por la cuesta de este lado. Feliz de haber encontrado esta vida, comencé a subir por este camino. Pero ya no fui yo quien caminaba; porque yo ahora fui otro.


La búsqueda del Monte del Señor

Hace pocos días yo había entrado por la Puerta Estrecha. Ahora me encontraba en el camino hacia el Monte Sión. Una densa neblina comenzó a envolver el paisaje. Puesto que nunca antes había caminado por este camino, me alegré cuando un guía de montaña me ofreció sus servicios. El me aseguró de que me iba a guiar por el mejor camino hacia la cima, y le pagué el precio acordado. El guía entonces comenzó a desenrollar una soga gruesa y me explicó como debía amarrarme con ella.
- "¿Para qué es esto?", pregunté.
- "Para tu seguridad. Es que hay unos abismos peligrosos al lado del camino."
Me amarré entonces con la soga, y el guía ató el otro extremo alrededor de su cuerpo.

Así caminamos, y pronto llegamos a un lugar donde el camino empezó a subir. No se podía ver mucho a causa de la neblina. De verdad, esta ladera del monte estaba bastante escarpada. Pero el camino era muy bueno, afirmado y cómodo para caminar, de manera que me pregunté por qué era necesaria la soga.

De repente vi que mi guía, que iba adelante, resbaló y se cayó al lado del camino, donde ya no le pude ver. Pero inmediatamente la soga con la que estaba atado empezó a arrastrarme a mí también hacia el abismo. Los dos nos rodamos sobre piedras y rocas, hasta que unos arbustos nos detuvieron. A duras penas pudimos subir nuevamente por este lugar resbaloso hasta volver al camino.

"Espero que no vuelvas a dar un mal paso", dijo el guía. "Me ha costado mucho esfuerzo traerte de regreso al camino."
- "No he dado ningún mal paso", respondí.
- "Claro", dijo él, "no te has fijado bien en el camino, de otro modo no nos hubiéramos caído." -
Parecía inútil razonar con él.

Seguimos subiendo, y la neblina empezó a disiparse un poco. Incluso se podía ver el sol, aunque no brillaba con toda su fuerza. Llegamos a un lugar plano donde había varias casas. Unas personas estaban paseando en el espacio libre entre las casas. El guía me hizo entrar a una de las casas y dijo:
- "Bienvenido a la casa del Señor."
Me extrañé un poco de este comentario, pero no dije nada. Había muchas otras personas en la casa. Todas estaban paradas, aunque había varias bancas para sentarse. Todas miraban en la misma dirección, aunque no había nada para ver allí. El guía se adelantó hacia el lugar adonde la gente miraba, lo que me obligaba a seguirle, puesto que yo seguía atado a la soga.
- "Pueden tomar asiento", dijo el guía.
Todos nos sentamos en las bancas. Entonces él empezó a hablar acerca de las subidas a las montañas, y acerca de la importancia de estar siempre amarrados a la soga, y de no dar ningún mal paso.
Cuando el guía había hablado por casi una hora, me atreví a decirle:
- "Disculpe, pero yo vine a este monte para encontrarme con el Señor y para ver el panorama que se tiene desde aquí."
- "No interrumpas", dijo el guía, "esta es la casa del Señor."
Tuve que esperar otra hora hasta que el guía terminó su discurso. Después se dirigió hacia la puerta de la casa, y la gente empezó a salir. Cuando pasé por su lado, él me dijo:
- "Ahora puedes pasear un poco por aquí."
Solamente que no pude ir lejos, porque seguí atado al guía con la soga, y él no se alejó de la puerta de la casa.

En un momento creí divisar entre la neblina una cumbre alta, a pocos kilómetros de distancia. Me fijé, y efectivamente se encontraba allí un cerro alto, brillando en la luz del sol que debía ser más clara en aquella altura. Esto me sorprendió, y me dirigí al guía:
- "Usted dijo que el Monte Sión es el monte más alto en toda esta región."
- "Esto es cierto."
- "¿Qué es entonces esta cumbre mucho más alta allí?"
- "¿Cuál cumbre?"
- "Allí", dije, y señalé con el dedo.
- "No hay nada allí", dijo el guía.
- "Pero yo veo una cumbre allí, mire bien."
- "No, no veo nada. Estarás viendo espejismos."

En este momento, el sol atravesó la neblina con unos rayos mucho más fuertes, y la silueta brillante de la cumbre alta se distinguía claramente ante el cielo que ahora era casi azul.
- "Mire usted", dije, "ahora se ve claramente."
- "Bueno, puede ser que haya algo allí, pero de verdad nunca antes he visto un cerro por allí."
- "Entonces usted me engañó. Yo le contraté a usted para guiarme al Monte Sión, el monte más alto de toda esta región. Usted me trajo al lugar equivocado."
- "¿Cómo me puedes decir tal cosa? Este es el Monte Sión, y es mi trabajo traer a la gente acá, y esto es lo que hice. Te he cuidado por todo el camino y te he traído acá con seguridad. Sin mi ayuda te hubieras caído al abismo."
- "Sea lo que sea este lugar, pero yo veo una cumbre más alta allí y quiero llegar allá."
- "Aun si realmente hubiera algo allí", dijo el guía, "seguramente sería imposible llegar allí."
- "Entonces le pido que me lleve de regreso a la Puerta Estrecha."
- "Lo siento, pero esto no es parte del contrato. Yo llevo a la gente solamente por el camino de subida."
- "Entonces iré solo."
- "¿Cómo puedes hacer tal cosa? Tú has visto cuan peligroso es el camino. Sin mi ayuda estarás completamente perdido."
- "Yo sé adonde quiero llegar, y si usted no quiere llevarme, tendré que ir solo. Por favor desáteme de esta soga."

Fue solo en este momento que me di cuenta de lo ridículo que era andar atado con una soga a otro hombre, en un lugar completamente plano e incluso mientras estuvimos dentro de la casa. Pero el guía respondió:
- "No, esto no puedo hacer de ninguna manera, sería completamente irresponsable. ¿No entendiste mi prédica? Nadie puede caminar por la montaña sin guía y sin soga. Si no te mantienes en este lugar y cerca de esta casa, te perderás." -
Empecé entonces a desatarme yo mismo, pero los nudos se habían cerrado tanto durante el camino que no pude abrirlos. Intenté pedir la ayuda de algunas de las otras personas alrededor, puesto que el guía no quiso ayudarme de ninguna manera. Primero nadie me hizo caso. Después de muchos intentos, encontré a alguien que estuvo dispuesto a prestarme un cuchillo, y con este corté los nudos.
Pero entonces el guía se enfureció:
- "¡Tú has malogrado mi soga! ¿Sabes cuanto cuesta una soga como esta? ¡Ahora mismo tienes que pagármela!"
Mucha gente empezó a rodearnos, y era obvio que no iban a dejarme ir sin pagar la soga. No quedó otro remedio que pagar. El guía me cobró hasta el último centavo que me quedaba.

Entonces busqué el camino de regreso. Pero para mi sorpresa, ese lado de la planicie estaba ahora cerrado con un muro alto. No había manera de volver al camino. La única salida era por el lado opuesto, en la dirección donde había visto la cumbre alta. La neblina se había vuelto más espesa, de manera que la cumbre estaba ahora invisible, pero todavía recordé la dirección. Para llegar, era necesario pasar nuevamente cerca de la casa donde estaba el guía. Pude escuchar como él advirtió a la gente alrededor de él, que no me siguieran y que evitaran todo contacto conmigo.

Atravesé la planicie, que era más amplia de lo que había pensado. Vi muchas casas diferentes, pero en todas parecían repetirse escenas similares como la que había presenciado al inicio. Y a menudo pude ver a guías que llevaban a una persona, o a varias, atadas con una soga. Les daban instrucciones similares como las que yo había oído. Algunos guías incluso advirtieron a la gente que ni siquiera se acercasen a alguna otra casa, aparte de la suya, porque las otras casas eran peligrosas. Intenté hablar con algunas personas, pero al parecer ni podían verme. Solamente seguían a sus guías.

Por fin llegué al comienzo de la bajada. Este lado del monte era igual de escarpado como el otro lado; pero no había camino, de manera que el descenso fue difícil. Algunas veces me resbalé, y empecé a preguntarme si debía haber hecho caso al guía. De verdad podía ser peligroso caminar por aquí. Pero entonces recordé como el guía se había caído y después me había culpado a mí. Decidí que era más seguro caminar sin guía que con él.

De repente, el extraño aspecto de la roca me llamó la atención. La tierra, las piedras sueltas y la arena no tenían nada de especial, pero la roca que sobresalía en algunos lugares, no se parecía a ningún mineral conocido. Curioso, empecé a golpearla con una piedra para examinarla. Cuando se rompió una parte, reconocí lo que era: ¡Cemento! - Seguí bajando, y por todas partes hice la misma observación. Este monte no consistía de roca natural. Era un monte completamente artificial, edificado - en un trabajo gigantesco seguramente - de cemento mezclado con algunos componentes naturales.

Por fin llegué al pie del monte. Ahora, ¿por dónde? Aquí abajo, la niebla era tan densa que ni siquiera se podía adivinar la posición del sol. Yo no tenía brújula. ¿Cómo iba a encontrar la dirección correcta? Nuevamente empecé a dudar de mi decisión de aventurarme a este lugar desconocido, sin guía, sin seguridad, y ahora también sin dinero. Me senté sobre un árbol caído y exclamé:
- "Oh Señor, ¡solamente quiero encontrarme contigo! Pero parece que me he perdido en este lugar." -

No sé cuánto tiempo me quedé sentado allí, cuando de repente vi aparecer a través de la neblina nuevamente aquella cumbre brillante que había visto antes. Sí, allí estaba, ahora se veía más claramente. Solamente que desde aquí parecía mucho más alta y lejana. ¡Qué extraño que se podía ver esta cumbre a través de la niebla, cuando ni siquiera se podia ver el sol!

Comencé a caminar en dirección de la cumbre. Tuve que atravesar un matorral enredado y lleno de espinas, un pantano, varios ríos y riachuelos, y un sinnúmero de otros obstáculos. Pero siempre cuando estaba al punto de rendirme, volvió a aparecer la cumbre brillante. Después de poco más de dos horas, llegué a algo que parecía un camino. Era muy angosto, lleno de piedras, y a veces cubierto con pasto y hierbas, como si por muchos años nadie hubiera caminado por aquí. No se podía comparar con el camino seguro y bien mantenido que llevaba al monte de cemento. Pero sin duda era un camino, y llevaba en dirección hacia la cumbre.

Me pregunté si este camino venía desde la Puerta Estrecha; y si era así, por qué no lo había visto. Pero después recordé que apenas había aparecido la neblina, yo había seguido al guía, y desde entonces no me había fijado en otros caminos. Nuevamente me sentí molesto con el guía y su engaño. Pero entonces fue como si una voz me hablara con una de las palabras del Maestro: "Yo soy el buen pastor. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen."

¿Cómo podía haberme olvidado? El Maestro me había dicho que siguiera a El. No a un hombre, no a un guía, sino a El. Era mi propia culpa haber seguido a aquel guía. Por tanto, era obvio que no podía encontrar al Señor en el lugar adonde me había llevado el guía. Se me ocurrió también que el guía, aunque no era del todo honesto, quizás no estaba engañando a la gente conscientemente. Quizás él creía sinceramente que aquel era el verdadero Monte Sión.

Me arrodillé allí mismo en el camino pedregoso, y me arrepentí y pedí perdón al Maestro por no haber escuchado Su voz.

Inmediatamente sentí una gran certeza de que me encontraba en el camino correcto. También me di cuenta de que el camino ya había estado subiendo por un buen rato, y que los rayos del sol ya estaban atravesando nuevamente la neblina. Seguí subiendo, y aunque este monte era aun más escarpado que el otro, y el camino más angosto y difícil, ya no tuve miedo de caerme.

Unos minutos más, y la neblina desapareció por completo. Delante de mí se encontraba la alta cumbre resplandeciente, brillando en la luz del sol, su silueta majestuosa claramente cortada ante el cielo azul. Todavía quedaba una larga subida por delante, pero el camino era más agradable ahora a la plena luz del sol.

Poco después alcancé a otro viajero que estaba subiendo por el mismo camino. Era ya anciano y se veía un poco cansado.
- "¿Adónde va?", le pregunté.
- "Al Monte Sión."
- "¿Entonces este es el verdadero Monte Sión?"
- "Claro que sí, ¿cómo puedes dudarlo? Si estás aquí, es porque el Maestro te trajo. No hay ninguna otra manera de encontrar este camino. Pero seguramente fuiste engañado por el monte falso."
- "Sí, y por un guía falso también, por mi imprudencia. ¿Usted sabe de esto?"
- "Sí, yo también me he desviado por allí una vez."
- "¿Y también pasó por todo este terreno salvaje entre los dos montes?"

- "Peor, mi hermano, aun peor. Cuando me di cuenta de que no pude encontrar al Señor en el monte falso, decidí que todo lo que había escuchado acerca del Monte Sión eran nada más que cuentos y engaños. Entonces bajé del monte, busqué la Puerta Estrecha y volví a salir por ella."
- "¡Pero entonces te perdiste por completo!"
- "Asi pareció. Inmediatamente me encontré en las tinieblas más oscuras que te puedes imaginar. Empecé a olvidar todo lo que el Maestro me había dicho alguna vez. Pero aunque no lo creas, aun allí me sentí más libre que en el monte falso. Así viví en aquellas tinieblas por muchos años.
Un día llegó a mi casa un pariente lejano que había viajado mucho. Empezó a contarme cosas del Monte Sión. Inmediatamente le interrumpi: - 'No me hables de esto. He estado allí, y he visto que es solo un gran engaño.' - Pero él me pidió que le contase mis experiencias. Entonces le conté todo lo que me había pasado en ese lugar donde te atan con sogas. El me respondió: - 'Ese no es el Monte Sión. Yo he estado en el monte verdadero, y te aseguro que el amor del Señor es real allí.' - Yo no quise creerle, pero había algo en su personalidad que no me permitió olvidarlo. Sus últimas palabras a mí fueron: - 'Si alguna vez te decidas ir al monte verdadero, busca al Maestro. Yo no puedo guiarte, pero el Maestro no rechaza a nadie que le busque de todo corazón.'"

- "¿Y entonces te fuiste a buscar este camino?"
- "Demoré muchos meses en decidirme. Solamente cuando llegó un día en que la oscuridad se me hizo insoportable, emprendí el camino. Y entonces se levantó una verdadera guerra contra mí. Tengo unos amigos que viven en el monte falso y se sienten muy bien allí, y ellos insistieron en volver a guiarme allí. Algunos incluso quisieron llevarme a la fuerza. Otros me dijeron: 'Tú has negado al Maestro, le has abandonado, ahora no podrás volver a entrar por la puerta nunca más. El no te va a recibir.'"
- "¿Y cómo, hermano", pregunté, "lograste entonces encontrar este camino?"
- El anciano sonrió: "Hice lo que me había aconsejado mi pariente: Busqué al Maestro. Y El me hizo ver que yo no le había rechazado a El, puesto que nunca le había conocido de verdad. Lo que yo había rechazado, era solamente una falsificación de Su santo monte. Una vez que entendí esto, me fue muy fácil entrar nuevamente por la Puerta Estrecha y encontrar este camino. El no me ha rechazado, tal como prometió."
Después su expresión se volvió seria.
- "Pero hay muchos otros que fueron engañados y decepcionados de la misma manera, y todavía viven en la misma oscuridad y no quieren saber nada del Maestro. Oh, ¡si ellos tan solamente pudieran ver este lugar maravilloso!"

Sin darnos cuenta, durante nuestra conversación animada ya habíamos llegado muy cerca a la cumbre. El sol ya estaba pronto a ocultarse bajo el horizonte, pero la cumbre del monte seguía brillando con el mismo resplandor, y me parecía que aun nosotros mismos estábamos resplandeciendo. En la cumbre pude distinguir a otros seres resplandecientes, unidos en una armonía feliz. Y allí delante de nosotros estaba parado el Señor, listo para recibirnos en Su amor indecible.


El candidato

Estuve sentado como todos los días en mi oficina del Instituto Bíblico donde era profesor, cuando se presentó un nuevo candidato para el estudio. Tenía el aspecto de un campesino, o de un artesano sencillo. Esto no era nada fuera de lo común, puesto que nos encontrábamos en una zona rural, y con frecuencia se presentaban cristianos del campo. Solamente que ellos a menudo no tenían el nivel educativo necesario para los estudios.

El candidato trajo su formulario de inscripción llenado, pero ningún otro documento. Esto, por supuesto, no creó ninguna impresión favorable.
- "Su constancia de estudios, por favor", dije.
Su respuesta me sorprendió. No me hubiera sorprendido si él hubiera dicho que no había concluído la escuela; pero él preguntó:
- "¿Qué es esto?"
- "¿Cómo? Usted se presenta aquí para estudiar, ¿y ni siquiera sabe qué es una constancia de estudios? ¿Siquiera ha asistido a alguna escuela?"
- "Sí, en mi pueblo. Pero por favor, dígame usted qué es una constancia de estudios."
Me molesté un poco por su insistencia, pero decidí tener paciencia con él.
- "Es un documento que testifica que usted ha concluído satisfactoriamente sus estudios en su escuela o colegio; o en caso de no haber concluído, que certifica los años y las asignaturas que usted ha cursado. Debería haber pedido este documento de su colegio, antes de presentarse aquí."

El pareció pasar por alto mi último comentario. En lugar de ello, preguntó:
- "¿Entonces este no es un lugar de preparación para el servicio de Dios?"
- "Claro que lo es. Exactamente por esta razón deseamos que los estudiantes lleguen con los documentos requeridos, para que todo se haga en orden y como para el Señor."
- "¿Y una constancia de estudios le convencería a usted de que yo soy un siervo de Dios?"
Ahora sí tuve que contenerme mucho para no perder la paciencia ante sus preguntas impertinentes.
- "No le corresponde a usted criticar los criterios que aplicamos para la evaluación de nuestros estudiantes. Nosotros sabemos cómo mantener la calidad de nuestra institución. Muéstreme su carta de recomendación pastoral."

Me llevé otra sorpresa cuando él respondió:
- "Mi padre Dios es el que me recomienda."
- "¿Quiere decir que no trajo ninguna carta pastoral?"
- "Yo no recibo recomendaciones de hombres. ¿Cómo pueden ustedes creer, que reciben recomendaciones los unos de los otros, pero no buscan la recomendación que viene de Dios?"
Esta vez no pude evitar un tono molesto en mi voz al responder:
- "Con esta actitud crítica usted nunca tendrá éxito en el ministerio. Todavía ni siquiera ha sido aceptado como estudiante, y ya intenta juzgar nuestra espiritualidad."
- "Por sus frutos seréis reconocidos", respondió él sencillamente.
Este comentario me hizo recordar penosamente la noticia que había leído hace poco, de que uno de nuestros graduados había sido hallado culpable de haber violado a una niña de su congregación. Antes de esto, había sucedido un caso de fraude y de malversación de fondos en nuestro propio instituto, que habíamos intentado arreglar tan silenciosamente como pudimos. Pero ¿acaso era asunto de este extraño cuestionarnos?

Decidí darle una última oportunidad, y pregunté:
- "¿Tiene usted alguna experiencia ministerial?"
- "Empecé a predicar hace tres años."
- "¿Entonces seguramente la iglesia de usted podrá testificar de la calidad de su predicación?"
- "No pienso que lo harían. Para decir la verdad, se molestaron mucho de lo que les dije; aun más de lo que usted se está molestando en este mismo momento. No quisieron que yo volviese a predicar allí."
Su atrevimiento me dejó mudo por algunos momentos. Después le pregunté:
- "Entonces, después de que su iglesia le rechazó, ¿qué hizo?"
- "Fui a predicar a otros lugares."
- "Ajá. Usted es un rebelde que se está pasando de iglesia en iglesia, estorbando la paz de los hermanos, y para evitar ser disciplinado en una iglesia, simplemente se pasa a otra. Lo siento mucho, pero para esta clase de gente no tenemos lugar en nuestra institución."

- "Verdad dice usted, aunque no se da cuenta de ello. Vine a los míos, pero los míos no me recibieron. Usted que estudia la Biblia, debería entender mejor lo que sucede con aquellos que no me reciben. Me despido entonces de usted y de esta institución."
Con estas palabras se volteó y se fue.
¿Me estaba equivocando, o brillaron de verdad unas lágrimas en sus ojos mientras dijo las últimas palabras? Y no pude evitar la sensación extraña de que estas lágrimas no se debían al rechazo que él sentía, sino a una pena profunda e inexplicable por mi propia persona.

Solo unos minutos después me di cuenta de que ni siquiera le había preguntado por su nombre. Pero al despedirse, él había dejado su formulario de inscripción sobre mi escritorio. Me puse a averiguar sus datos personales.
Nombre: Jesús. - Apellido: Bar-José. - Domicilio: Nazaret.
Sentí unos escalofríos por todo mi cuerpo. Quise salir corriendo para alcanzar al candidato misterioso, pero él ya no estuvo a la vista. Mis ojos se abrieron a la terrible verdad: Al descalificarle a él, en realidad me había descalificado a mí mismo, y a toda la institución que yo representaba. Habíamos perdido Su presencia, quizás para siempre.


Una mera formalidad

"A medida que el cristianismo adquirió autonomía, tropezó con dos graves dificultades: no estar reconocido como 'religión lícita', ... y negarse sus fieles a sumarse al culto al emperador, una mera formalidad más cívica que religiosa, por considerarla idolatría. La negativa a reconocer el orden constituido ... desencadenó varias persecuciones..."
(De un libro de historia, acerca de los cristianos en el Imperio Romano.)

Lo siguiente es una historia ficticia, pero con antecedentes reales en la antigua Unión Soviética, en China, y en otros países.

Claudio se sintió orgulloso del anuncio que pudo dar a su congregación este domingo:
"El gobierno ha aprobado la Ley de Igualdad Religiosa. Desde ahora seremos una religión reconocida por el Estado. Tendremos los mismos privilegios como la iglesia católica romana. Ya no nos podrán tratar como 'secta', y ya no tendremos que pagar impuestos por nuestras construcciones."
- No les dijo que esta nueva ley le iba a dar también unas ventajas importantes a él mismo: Tampoco iba a tener que declarar sus ingresos personales a la Oficina de Impuestos; e iba a viajar a medio precio en los medios de transporte público, un beneficio importante para alguien que viajaba con tanta frecuencia como él.

Por tanto, Claudio se esmeró en cumplir lo más pronto posible con los trámites para la registración de su congregación. Se presentó en el despacho del Director Regional de Asuntos Religiosos con los documentos requeridos, entre los que figuraban un plano exacto de su local de reunión, una lista con los nombres y direcciones de todos los miembros, y varios otros. Pagó también sus derechos de registración. A cambio, el secretario del director le alcanzó un formulario:
- "Esta es su declaración de lealtad hacia el Estado. Una mera formalidad. Firme aquí en la línea punteada."
- Claudio firmó, después de haber dado una ojeada a algunos de los artículos impresos en letra pequeña. Más tarde se recordó solamente de dos de ellos, que decían:
- "El ministro religioso se compromete a ser leal al Estado, colaborando con los funcionarios del Ministerio de Asuntos Religiosos en todos sus deberes."
- "El ministro religioso se abstendrá de interferir con las funciones del gobierno del Estado, y de comentar sobre asuntos controvertidos de la política del Estado."
No pensó más sobre ello. Era una mera formalidad.
- El secretario le dijo: "Le felicito. Son ustedes ahora una institución religiosa reconocida por el Estado. La próxima semana podrá Ud. recoger su certificado de registración." Y le recordó: "No se olvide de traernos anualmente la lista actualizada de sus miembros."

Así disfrutaron Claudio y su congregación de sus nuevos privilegios. Al cabo del año, Claudio volvió a presentarse en la Dirección Regional de Asuntos Religiosos, con la lista actualizada de sus miembros. El secretario la revisó superficialmente, después preguntó:
- "Dígame, ¿cuáles de estas personas son los más activos? ¿Los más fervientes en la oración, y los que evangelizan más?"
- Claudio se sorprendió por un instante, y esto por dos razones. Una, porque no había pensado que este funcionario del Estado estuviera tan interesado en la salud espiritual de su congregación. Y segundo, porque estas no eran exactamente los detalles en los que él mismo se había fijado a lo largo del año. Tuvo que pensarlo por un rato, y después señaló tres nombres en la lista: Teófilo E, Timoteo D, y Fermín J.

Unos meses más tarde, Timoteo D. se acercó a Claudio, bastante preocupado:
- "Hace unos días me visitó un agente de la policía. De alguna manera se había enterado de que yo reúno de vez en cuando a unos compañeros de trabajo en mi casa, para leer la Biblia y orar con ellos. El policía me dijo que yo no podía llevar estas reuniones religiosas informales, puesto que no soy un ministro religioso registrado. Dígame, ¿qué tiene la policía que ver en esto? ¿y cómo podré entonces hacer para alcanzar a mis compañeros con el evangelio?"
- Claudio lo pensó por un momento. Después respondió con lo que le pareció el mejor consejo: "Bueno, Ud. sabe que tenemos que estar sujetos a la autoridad, como dice Pablo en Romanos 13. De todos modos debería haber Ud. coordinado esas reuniones más estrechamente conmigo. Le recomiendo que deje de hacer esas reuniones, y en lugar de ello traiga a sus compañeros a nuestro servicio dominical."
- "Pero ellos no se sienten bien en una iglesia. ¿No podría Ud. venir a mi casa y hacerse cargo de una reunión, una vez a la semana?"
- "Lo siento, pero mi agenda ya está repleta. De todos modos, si ellos no se sienten bien en una iglesia, supongo que no tendrán mucho interés en el evangelio."
- "Pero pastor, si Ud. los conociera ... ¡están tan hambrientos por la Palabra de Dios!"
- Pero Claudio sabía lo que era su deber ciudadano. Y también conocía su agenda. No podía permitir irregularidades.

Cierto tiempo después, Claudio se encontró con su colega Simón. Este le dijo: "¿Sabiás que el gobierno va a anular el Concordato con el Vaticano?"
- "Ah, qué bueno. Por fin los católicos van a perder sus privilegios injustos."
- "Sí, es cierto. Pero recordarás que bajo la Ley de Igualdad Religiosa, nosotros ya tenemos los mismos privilegios como la iglesia católica."
- "Ah, se me olvidó. Pero ahora, de todas maneras la iglesia católica ya no tendrá ningún privilegio."
- "Este es exactamente el problema que yo veo."
- "¿Cómo? ¿Quieres decir que ...?" - Claudio se quedó callado, pensando en lo que esto podría posiblemente significar para su propia congregación.

En un día soleado de septiembre, apareció esta noticia en todos los diarios grandes:

"MEDIDA VALIENTE DEL GOBIERNO PONE FIN A LA PRIVATIZACIÓN DE LA RELIGIÓN.
Por fin, el Estado se encarga de poner orden en la situación caótica de las instituciones religiosas, en conformidad con la Convención Internacional de Libertad Religiosa. Con el Decreto Presidencial emitido el lunes pasado, todos los ministros religiosos recibirán la categoría de funcionarios del Estado, y todos los inmuebles de las instituciones religiosas pasarán al patrimonio del Estado. El Ministerio de Asuntos Religiosos adoptará medidas para que ninguna institución religiosa permanezca en la informalidad."

"Bueno", pensó Claudio, "esto por lo menos pondrá fin a la actitud rebelde de esos de la Iglesia Cristiana Libre." - Hace tiempo ya, Claudio había sentido cierta envidia hacia aquella congregación no registrada, que se reunía a solamente doscientos metros de su templo. Habían comenzado hace pocos años como una reunión informal en una casa privada; pero juzgando desde el ruido que hacían y el número de personas que entraban y salían, ahora ya debía tener más de lo doble de los miembros de la congregación de Claudio. Y parecían no estar interesados en los privilegios que el Estado les ofrecía, a cambio de una mera formalidad.

Efectivamente, dos semanas más tarde durante el servicio dominical se escuchó un tumulto en la calle, e incluso unos disparos. Después se enteraron de que la policía había dispersado la reunión de la Iglesia Cristiana Libre y había cerrado el local donde se reunían. Todavía no había noticias acerca de sus líderes. Claudio se sintió satisfecho, aunque un poco preocupado por los disparos. Pero pensó: "¿Por qué habrán ofrecido resistencia contra la policía? Deberían saber que un cristiano se somete a la autoridad del Estado."

El mismo, en cambio, recibía ahora un salario fijo del Estado. Cierto, como funcionario estatal que él era ahora, ya no podía aceptar ofrendas y regalos personales de su congregación. Pero ¿qué importaba esto, si el Estado le aseguraba su situación financiera?

Algún tiempo después, la esposa de Timoteo D. llegó a la casa de Claudio, llorando. "Mi esposo ha desaparecido. Anteayer se fue al trabajo como siempre, pero no volvió, y nadie lo ha visto."
- "Avisó Ud. a la policia?"
- "Sí, pero hasta ahora no pueden decirme nada de él. Solamente que uno de ellos insinuó que Timoteo podría haber estado enredado en actividades ilegales. No puedo imaginarme nada así de mi esposo, pero me preocupa..."
Los días pasaron sin noticias acerca de Timoteo. Lo único que Claudio pudo averiguar, era que Timoteo no había hecho caso a su consejo anterior. Había seguido reuniendo a compañeros de trabajo en su hogar, y estas reuniones habían aun crecido en número y en frecuencia.

Cierto domingo, Claudio tuvo el siguiente anuncio que hacer: "Por Decreto Presidencial, desde ahora, todos los actos religiosos tienen que comenzar y concluir con el saludo obligatorio al Presidente de la Nación. Es una mera formalidad cívica, en la que participaremos todos como buenos ciudadanos."
Con esto, Claudio se arrodilló ante la bandera que adornaba el auditorio, levantó las manos hacia arriba y gritó: "¡Gloria a nuestro Presidente!" - Toda la congregación se arrodilló con él y repitió la aclamación: "¡Gloria a nuestro Presidente!"
- Para ser exacto, no toda la congregación. De reojo, Claudio pudo ver que al lado derecho, unas cinco personas permanecían de pie y callados; entre ellos Teófilo E. y Fermín J. Por supuesto que él tenía que reportarlos. Una mera formalidad.

Desde entonces, todos los servicios dominicales comenzaron y terminaron con este acto cívico. Solamente con un pequeño cambio insignificante, que después de un tiempo la bandera fue remplazada por una imagen del Presidente. Las pocas personas que habían permanecido de pie durante este acto, dejaron de venir, y nadie preguntó por ellos.

Un domingo, al salir de la puerta después del servicio, dos policías le esperaban a Claudio. "¿Podría hacernos el favor de acompañarnos? Tenemos que hacerle algunas preguntas." - "Por supuesto, claro que sí". - Y Claudio les siguió a la comisaría, donde uno de los oficiales le dijo:
- "Hemos escuchado que Ud. sigue llevando clases de instrucción religiosa para menores de edad. También hemos observado en su reunión dominical la presencia de menores de edad. ¿Qué nos dice Ud. acerca de esta conducta suya?"
- "Siempre hacemos esto, la iglesia está abierta para todos, ¿por qué?"
- "¿Y esto es todo lo que tiene para decirnos?"
- "Bueno, y que el Señor Jesús dijo: 'Dejad a los niños venir a mí.'"
- "Esto no viene al caso; se trata aquí de las leyes del Estado. Seguramente Ud. conoce el Reglamento para Funcionarios Religiosos", y el oficial señaló un volumen grueso echado sobre su escritorio.
- "Lo he leído, pero no lo poseo yo mismo", dijo Claudio.
- "Entonces le aconsejo que lo adquiera lo más pronto posible y que se familiarice con su contenido. Instruir a menores de edad es una interferencia inexcusable con el dominio del Ministerio de Educación. Esta es una grave conducta irregular de parte de un funcionario religioso, y puede ser penado con hasta quince años de cárcel o de trabajo forzado."
- Viendo la cara asustada de Claudio, el segundo oficial presente intervino: "Puesto que Ud, señor Claudio, tiene hasta ahora un registro impecable y se trata de la primera transgresión de su parte, Ud. puede todavía salirse con una multa. Pero le advierto que si reincide, el caso se llevará irremisiblemente ante el juzgado. Y seguramente comprenderá Ud, que a cambio tendrá que colaborarnos, dándonos información pertinente acerca de las actividades privadas y de las opiniones políticas de los miembros de su congregación. Una mera formalidad."

Claudio, contento con que la justicia se había mostrado misericordiosa con él, prometió cumplir con todo, y se fue a pagar su multa y a comprar su Reglamento. Durante el tiempo que seguía, algunas veces la desaparición misteriosa de un miembro de su congregación le causaba profunda preocupación; especialmente cuando se daba cuenta de que se trataba de alguien acerca de quien había dado información a la policía. Pero inmediatamente se tranquilizaba con el consuelo de que él estaba cumpliendo fielmente con su deber como ciudadano y cristiano.


La reconquista del barco

Por Bryan Hupperts. - El original inglés fue publicado en http://www.sheeptrax.com.

Soñé que me econtraba a bordo de un barco a vapor lujoso, el buen barco Cristiandad, que curiosamente era un barco de guerra remodelado. El barco cruzaba alegremente por un perezoso océano azul. Los prospectos de viaje habían prometido cielos despejados, un tiempo maravilloso, entretenimiento alegre con algunos de los mayores conferencistas y cantantes de nuestros tiempos, y banquete tras banquete de una gran variedad de manjares del mundo entero.

Por alguna razón extraña yo tenía la impresión de que esto debía ser un viaje familiar; pero los más ricos estaban alojados en el piso de más arriba, en las suites más lujosas, bastante aislados y protegidos de los demás de nosotros, que teníamos nuestros cuartos en los diversos pisos del barcos, cada uno según su rango de importancia y riqueza. De alguna manera esto no parecía correcto.ç

Aparte de esta inquietud creciente de que algo no estaba completamente correcto en este gran crucero, yo disfrutaba escuchar a grandes maestros y cantantes maravillosos todo el tiempo, rodeado de algunos buenos amigos.

Una noche, al acostarme, sentí que el barco empezó a inclinarse. Fue un balanceo suave, pero pronto el barco estaba sacudíendose y saltando como un pez que necesita aire. La gente fue echada de sus camas, y empezaron a trepar hacia la cubierta. ¿Nos estábamos hundiendo?

Tambaleé como un borracho las gradas arriba, y vi un panorama inimaginable. La cubierta se sacudía violentamente, y todo lo que no estaba amarrado, se sacudía también. Las crestas de las olas arrastraban piezas de equipaje y objetos de lujo, y los tiraron por la borda. Parecía que el barco iba a hacerse pedazos. Y a través del salpicar de la espuma vi algo como otro barco: ¿un barco de piratas?

Fuimos abordados y vencidos. Sucedió tan rápidamente que casi no hubo resistencia. Algunos de las cubiertas superiores gritaron: "¡No pueden hacer esto! Nosotros somos los señores de este viaje." Y una figura velada, probablemente el capitán dela nave atacante, salió de la sombra y respondió sencillamente: "Entre ustedes no sea así, porque no hay más que un solo Señor."

Dentro de pocos minutos, muchos de los pasajeros y de la tripulación fueron atados con cadenas, por "no haber venido a bordo legalmente". Los demás de nosotros recibimos órdenes de ubicarnos en diferentes pisos. El barco entero se encontraba en un alboroto ordenado, mientras todos a bordo fueron asignados a un nuevo lugar. Un hombre llamado Sr.Profeta, que había estado en cadenas durante la mayor parte del viaje por haber "hablado motín" contra el capitán anterior, fue absuelto de manera sumaria, liberado, y puesto en la torre de vigilancia para ser el "ojo" del barco. En cambio, el capitán anterior fue destituido y, irónicamente, atado con las mismas cadenas del Sr.Profeta.

Una mujer llamada Sra.Intercesora, que había trabajado como sierva humilde en la cocina, fue enviada al hueco más profundo del barco. Me asombré de este castigo, y pregunté a uno de los soldados brillantes, por qué habían hecho esto. El sonrió y dijo: "Ella está cerca del corazón del Capitán, y necesita el silencio para estar a solas con él y escuchar su corazón claramente. Ella ha clamado durante años por ser liberada a este 'castigo'. Es un lugar de gran honor."

Otros intentaron usar su rango anterior para exigir una audiencia con el Capitán, pero él pasó por alto sus jactancias. En lugar de ello, parecía sentirse atraído hacia los humildes de corazón, y no tomó en cuenta el rango de nadie.

¡Los motores poderosos del barco fueron desmontados y tirados al olvido del mar como pesos inútiles y muertos! Un mástil fue levantado, y dentro de pocos momentos, la nave ya no era un barco a vapor que avanzaba por fuerza propia, sino un velero. Su vieja armería, firmemente cerrada, fue abierta nuevamente, y sus armas fueron montadas en sus lugares antiguos. El barco era nuevamente un barco de guerra. Muchos de los cantantes dejaron sus trabajos de entretenimiento y empezaron a ofrecer adoración en el barco de guerra. A los conferencistas fue dada la orden: "Dejen de hablar no más y enseñen con vuestro ejemplo. ¡A vuestros lugares de trabajo!"

Algunos que habían golpeado a otros pasajeros durante el viaje fueron públicamente humillados durante una rápida audiencia judicial. Aquellos que habían abusado a otros pasajeros, recibieron permiso de quedarse en el barco. Sorprendentemente, fueron tratados como invitados del Capitán; pero todo lo que tenían les fue quitado. Hubo una rápida redistribución de posesiones y de responsabilidades, mientras cada uno fue puesto a un lugar que ahora repentinamente parecía correcto. Ya no éramos divididos entre pasajeros y tripulación. Todos eran sencillamente miembros de tripulación, compañeros unidos bajo un solo Capitán.

El Capitán reunió a todos lo que estaban en el barco, y con una botella de vino nuevo en su mano, dijo brevemente: "¡Yo vengo a liberar, no a esclavizar! He venido a reclamar lo que es mío por derecho de nacimiento. He reconquistado este barco que los piratas me robaron. Ahora ya no se llama La Cristiandad. Le devuelvo su nombre verdadero, ¡el buen barco Salvación!"

El rompió el cuello de la botella de vino nuevo. "Todos los que quieren pueden venir a bordo libremente, porque el precio del viaje ya es pagado completamente. Zarpamos por el reino de mi Padre. ¡Rebeldes y amotinados, cuídense! El día de vuestra retribución se acerca rápidamente. ¡He aquí, yo vengo pronto!"

Aplausos subieron desde la tripulación, mientras las velas fueron izadas. Un viento repentino desde los cielos más profundos empezó a soplar, empujando el barco hacia una tierra que todavía no se podía ver. Lo último que pude ver, fue el Capitán verdadero detrás del timón, con su rostro alegre, pero firme como una piedra para el viaje venidero. Sentí que se acercaban aguas revueltas de tribulación, y supe que solamente con el verdadero Capitán en el timón íbamos a llegar a nuestro destino sanos y salvos.


(Continuará...)

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