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Apologética contra el evangelicatolicismo - Parte 5Salvación por obras |
Con este título ya puedo oir los gritos de protesta de los evangélicos: "¡Pero nosotros enseñamos la salvación por gracia y por fe! ¡Siempre la hemos enseñado y siempre la enseñaremos!" - Quizás en la teoría, sí. Algunos incluso se fueron a tal extremo que te correrán con palos si les citas un verso sobre la santidad (como Hebr.12:14, 1 Pedro 1:15, o 1 Juan 2:6), o si insinúas que un verdadero cristiano debería decir la verdad. Si les dices algo así, exclamarán: "¡Estás enseñando salvación por obras!" "¡Eres un legalista!"
Pero esto no les impide a esos mismos evangélicos, someter a
los miembros de sus iglesias a un montón de leyes y reglamentos.
- "¡Pero no enseñamos que de esto depende la
salvación!" - ¿Seguro que no? Quizás no lo enseñen en su
teología oficial; pero el comportamiento práctico es otra cosa.
Te sugiero que lo pongas a prueba:
Como miembro de una tal iglesia, intenta pasar un año entero sin
dar el diezmo a los pastores. (Puedes p.ej. darlo a los pobres y
necesitados por tu propia cuenta, si tu conciencia te obliga a
darlo.) Intenta asistir a los servicios de la iglesia, vestido o
peinado de una manera que no es aprobada por la iglesia. Intenta
asistir a algunas fiestas de tus amigos no cristianos. Sin
emborracharte por supuesto - tu mera asistencia allí será
razón suficiente para que duden de tu salvación. Intenta
negarte a participar en los proyectos de construcción de tu
iglesia. Intenta pasar un mes entero sin asistir a los servicios
dominicales.
Si quieres hacer esta prueba, necesitarás nervios muy fuertes. Quizás no te van a decir de frente: "Tú no eres salvo"; pero con seguridad vas a hacer algunas experiencias muy feas. Y con seguridad no te aceptarán como colaborador de la iglesia. No te considerarán "apto" - no importa cuán íntegro sea tu comportamiento en todo lo demás, y cuán hábil o dotado seas para el servicio del Señor. No serás un "cristiano completo" en los ojos de ellos, si no te sometes a sus leyes y reglamentos (que pueden variar mucho de iglesia en iglesia; pero cada iglesia las tiene). Pero si te sometes a todo ello, serás aceptado, aunque por lo demás seas un mentiroso, un hipócrita o un avaro.
Entonces, esta es una de las formas como los evangélicos intentan "merecer su salvación". En realidad no es muy diferente de la forma como los católicos intentan comprar su salvación con buenas obras, ejercicios religiosos, o indulgencias.
Es apropiado en este punto citar a Martín Lutero acerca de las leyes y reglamentos eclesiásticos:
"Que quede bien claro: ni el papa, ni los obispos, ni hombre alguno tienen derecho a someter al cristiano a la ley ni de una sílaba si no media el consentimiento de éste. Es tiránica cualquiera otra forma de actuar. ... Ahora bien, el sujetarse a estas leyes y ordenanzas tiránicas es lo mismo que adscribirse a la servidumbre de los hombres.
... A los cristianos no les pueden imponer leyes en justicia hombres ni ángeles, a no ser en la medida en que los mismos cristianos lo deseen; estamos totalmente liberados. ... Por eso dirijo mi acusación contra el papa y contra todos los papistas, y les digo que si no retiran sus cánones y sus tradiciones, si no restituyen a las iglesias de Cristo su libertad, si no hacen que esta libertad se proclame, se están haciendo reos de la perdición de todas las almas que perecen en este cautiverio miserable y el papado no será más que el reino de Babilonia y del verdadero anticristo."
(Martín Lutero, "La cautividad babilónica de la iglesia", 1520)
Lo mismo habrá que decir a las iglesias evangélicas actuales.
¡Si por lo menos usaran criterios bíblicos para evaluar las "obras" de sus miembros! Como por ejemplo lo que escribe Pablo:
"¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis: Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios." (1 Cor. 6:9-10)
O la profecía en Apocalipsis:
"Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda." (Apoc.21:8)
Es una situación realmente irónica. Cuando uno cita uno de estos versos bíblicos, para demostrar que muchos evangélicos no son salvos, todos se indignan: "¡Estás enseñando salvación por obras! ¡Estás negando la gracia de Dios!" - Pero al mismo tiempo, ellos mismos usan un montón de criterios que no están en la Biblia, para distinguir entre cristianos "verdaderos" o "comprometidos", y cristianos "carnales" (que deberían "esforzarse más" para merecer la salvación).
Anexo: La enseñanza de Lutero acerca de la ley y la gracia
Para aquellos lectores que desean ir al fondo de las cosas, citaré un poco más de Lutero. El distinguió dos partes en el mensaje bíblico: "la ley" y "el evangelio". La ley es el mensaje acerca de los mandamientos de Dios y la justicia de Dios, al condenar a los infractores. El evangelio es el mensaje acerca de la gracia de Dios en Jesucristo, al perdonar a los pecadores arrepentidos y darles vida nueva. Los dos mensajes son buenos y necesarios, pero cada uno en su lugar apropiado.
Este es uno de los temas que explican el fondo de la crisis actual de las iglesias evangélicas. Pero no es tan fácil de entender, como advirtió el mismo Lutero. El trató de este tema en la tercera parte de sus "Artículos de Esmalcalda" (1537-38), y al introducirlo dice:
"Sobre los siguientes puntos o artículos podemos debatir con los letrados, con los inteligentes o entre nosotros mismos. El papa y su reino no les hacen demasiado caso, porque la conciencia no tiene ningún valor para ellos; lo único a lo que conceden estima es al dinero, al honor y al poder."
Puesto que las iglesias evangélicas en la actualidad están en la misma situación como "el papa y su reino", no tengo mucha esperanza de que sus líderes se interesarán en esta enseñanza. Pero quizás hay todavía algún sabio o cristiano verdadero que leerá estas líneas para provecho suyo.
Acerca del propósito principal de la ley, Lutero dice:
"Pero el primer cometido de la ley, su valor primordial, es otro: revelar el pecado original, con sus secuelas y todo, y mostrar a los hombres lo hondo que su naturaleza ha caído y la profundidad de su corrupción. Porque la ley le dice que no tiene a Dios, que no le hace caso, y que adora a dioses extraños, cosa que no hubiera creído antes sin la ley. Por eso se ve asustado, humillado, desanimado, desesperado; quisiera encontrar auxilio, pero no sabe qué hacer; comienza a enemistarse con Dios, a murmurar, etc. Es aplicable a esa situación lo que dice la carta a los Romanos (cap. 3): «La ley produce ira» y (cap. 5): «por la ley se hizo más abundante el pecado».
Esta función de la ley se conserva y se ejerce también en el Nuevo Testamento. Es lo que hace san Pablo (Rom 1) al decir: « La ira de Dios se revela desde el cielo contra todos los hombres»; en Rom 3: « El mundo entero es reo de culpa ante Dios» y «ningún hombre hay que sea justo ante él». Y Cristo dice: «El Espíritu Santo castigará al mundo a causa del pecado».
Esto es el hacha fulminante de Dios, con la que en un mismo embite golpea a pecadores públicos y a santos fingidos; no permite que nadie se sienta justo; a todos ellos los reduce al terror y a la desesperación. Es el martillo al que alude Isaías: «Mi palabra es un martillo que quebranta las rocas». No se trata aquí de contrición activa, de arrepentimiento espontáneo propio, sino de una contrición pasiva, que es la verdadera contrición de corazón, el sufrimiento y la sensación de la muerte.
Significa esto el comienzo de la penitencia (el arrepentimiento) verdadera. El hombre se ve forzado a escuchar esta sentencia: «No depende totalmente de vosotros ser pecadores convictos o santos; todos tenéis que dejar de ser lo que sois y actuar de forma distinta a como obráis. Podéis ser lo grandes, sabios, poderosos y santos que os parezca, pero aquí no hay ninguno que sea justo»."
Y un poco más adelante dice:
"... Pero he aquí que llega el ángel de fuego, san Juan (el Bautista), y con su trueno sacude a todos a la vez diciendo: «Haced penitencia» . Y mientras unos piensan «ya la hemos hecho» y los otros «no la necesitamos», Juan predica: «Haced penitencia unos y otros; porque los unos sois falsos penitentes y los otros, por el contrario, santos falsos, y ambos estáis necesitados del perdón de los pecados, ya que ninguno de vosotros sabe todavía en qué consiste de verdad el pecado ni, por tanto, lo que debéis expiar y evitar. Ninguno de vosotros es bueno; estáis llenos de incredulidad, de incomprensión y de ignorancia sobre Dios y sobre su voluntad. El tiene la plenitud de la que todos debemos recibir gracia por gracia, y sin él ningún humano sería justo a los ojos de Dios. Si algunos de vosotros desean hacer penitencia, que la hagan enhorabuena; vuestra penitencia no vale para nada. Y vosotros, hipócritas, los que no tenéis necesidad de penitencia, raza de víboras, ¿quién os asegura que escaparéis de la cólera por venir?», etc.
Lo mismo predica san Pablo (Rom 3) cuando dice: «No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo; no hay nadie inteligente, no hay quien haga caso de Dios; no hay quien obre el bien, ni siquiera uno sólo; todos se desviaron, todos se corrompieron». Y en los Hechos de los apóstoles: «En esta hora ordena Dios que todos los hombres y en todos los lugares tienen que convertirse». Dice «todos los hombres»; ningún humano se exceptúa. Una penitencia de este estilo nos enseña a reconocer los pecados, es decir, que lo nuestro es todo desesperación, que no hay nada bueno en todo nuestro ser y que, sencillamente, tenemos que convertirnos en hombres nuevos y distintos."
En otras palabras: La ley sirve para llevar a los pecadores a la convicción de su pecado, y al arrepentimiento. Por tanto, la ley (los mandamientos de Dios) tiene que ser predicada a los pecadores, a los incrédulos, a los que viven sin Cristo, para llevarlos a la conversión. (Y una vez que se conviertan, dejarán de ser "pecadores indignos", porque Cristo los convertirá en hombres nuevos.)
En cuanto al evangelio, dice Lutero:
"Pero el Nuevo Testamento, por medio del evangelio, une enseguida a esta función de la ley la consoladora promesa de la gracia, a la cual hay que dar fe. Así dice Cristo (Mc 1): «Haced penitencia (Arrepiéntanse) y creed en el evangelio», es decir, «sed de otra manera, obrad de forma distinta y creed en mi promesa». Y Juan, el precursor, es denominado como predicador de la penitencia, pero en vistas a la remisión de los pecados; o sea, tenía la obligación de reprender a todos y hacerlos pecadores: debían tomar conciencia de encontrarse ante Dios, reconocerse como hombres perdidos y estar así preparados para el Señor, como condición para recibir la gracia y esperar y aceptar de su mano el perdón de los pecados. El propio Cristo dice en el capítulo final de Lucas: «Es preciso que se predique a todo el mundo en mi nombre la remisión de los pecados».
Ahora bien, cuando la ley ejerce ella sola esta función, sin la conjunción del evangelio, entonces ocasiona muerte e infierno; el hombre tiene la sensación de estar abandonado a la desesperación, como sucedió con Saúl y Judas . En este sentido dice san Pablo: «La ley mata por el pecado». El evangelio, por el contrario, reporta el consuelo y el perdón, no sólo de una manera, sino por la palabra, por el sacramento, por tantos medios más, como veremos, para que, según el salmo 130, «la redención abunde en Dios», en contraposición con la férrea cautividad de los pecados."
Entonces, el evangelio es para los pecadores arrepentidos, para llevarlos a la fe. También es para los cristianos convertidos, para afirmarlos en su fe. Encontramos esta misma enseñanza en la carta de Pablo a los gálatas (Gál.3:19 - 4:7): La ley es un "ayo" ("disciplinador") para llevar a los "niños" a Cristo (3:24). Una vez que el pecador se ha convertido y es "adoptado como hijo" por Dios (4:5), ya no está bajo la esclavitud de la ley. "Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo" (3:25). Los cristianos viven bajo la gracia de Dios, ya no bajo la ley.
Muchas iglesias evangélicas han puesto este orden de cabeza. Están anunciando la gracia de Dios a los pecadores no arrepentidos. Entonces estos creen que es suficiente "aceptar a Cristo", sin arrepentirse y sin cambiar su vida. Pero una vez que se hacen miembros de la iglesia, los ponen bajo la ley y los reglamentos de la iglesia, como hemos visto arriba. De esta mala práctica surgen varios problemas graves, que he descrito en las "95 tesis sobre el estado de las iglesias evangélicas", No.29-33.
Ahora, algunos evangélicos han llevado el mensaje de la gracia a tal extremo que han "convertido la gracia de Dios en libertinaje". Están enseñando que "todos somos pecadores indignos", que los cristianos siguen viviendo en pecado y que no se puede hacer nada en contra de eso; y que por tanto pueden vivir como quieren, si tan solamente dicen después: "Señor, perdóname", y Dios les perdonará todo. Quizás Lutero contribuyó a eso sin querer, porque él habló muy fuertemente en contra de las "buenas obras para salvación"; e incluso dijo (equivocadamente) que un cristiano es "simultáneamente santo y pecador". (El Nuevo Testamento no llama "pecador" a ningún cristiano.) - Sin embargo, en los Artículos de Esmalcalda, Lutero expone una posición más equilibrada acerca de las "buenas obras":
"Sobre la justificación ante Dios y las buenas obras
No tengo que cambiar nada de lo que hasta ahora e incesantemente he enseñado sobre este asunto, es decir, que, como dice san Pedro, por la fe recibimos un corazón distinto, nuevo y puro, y que Dios desea tenernos por totalmente justificados a causa de Cristo, nuestro mediador. Aunque el pecado no haya desaparecido del todo ni muerto en la carne, Dios no quiere tenerlo en cuenta ni darse por enterado.
Las buenas obras son una consecuencia de esta fe, de este nuevo ser y del perdón de los pecados. Lo que aún reste de pecado y de imperfección no será imputado como tal, gracias precisamente a Cristo. El hombre, tanto por lo que se refiere a su persona como en lo referente a sus obras, tiene que llamarse, y ser, del todo justificado y santo, en virtud de la pura gracia y de la misericordia, repartidas y derramadas sobre nosotros en Cristo. Por eso no podemos gloriarnos excesivamente de los méritos de nuestras obras, cuando son consideradas sin referencia a la gracia y a la misericordia; al contrario, y como está escrito, «el que se gloría, que se gloríe en el Señor», que equivale a decir que se gloríe de tener un Dios gracioso, y así todo marchará a la perfección. Nosotros añadimos, además, que si no se siguen las buenas obras, la fe será falsa y nunca verdadera."
Entonces, con buenas obras no podemos "ganar puntos" con Dios. No son ningún mérito. Es pura gracia de Dios, si podemos hacer algo bueno en esta vida. Pero: Un cristiano verdadero hará buenas obras, no obligadamente, pero de manera natural, como consecuencia natural de su fe. Cristo dice: "El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto." (Juan 15:5). - "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas." (Efesios 2:10). - Si un cristiano no obra lo bueno, su fe "será falsa y nunca verdadera", como dice Lutero (de acuerdo con Stgo.2:17). Pero estas buenas obras fluirán naturalmente de su ser. No las hará como una obligación impuesta por la iglesia. Ni mucho menos se trata de cumplir mandamientos de hombres que ni siquiera están en la Biblia.
La ley "fue añadida a causa de las transgresiones"
(Gál.3:19). "La ley no fue dada para el justo, sino para
los transgresores y desobedientes, para los impíos y
pecadores..." (1 Tim.1:9) - En un grupo de verdaderos
cristianos nacidos de nuevo, no se necesitan leyes. La ley de
Dios está "escrita en sus corazones" (Jer.31:33-34).
En algunas ocasiones excepcionales tuve el privilegio de ser
parte de un tal grupo, y pude comprobar que esto es verdad. -
Pero si las iglesias reciben como "hermanos" a
pecadores no arrepentidos, es claro que éstos no pueden
comportarse como cristianos. Entonces surge la necesidad de
establecer leyes, a veces tan ridículas como las siguientes:
- "Los estudiantes deben abstenerse de escuchar música
mundana."
- "Se prohíbe perforar las paredes con clavos."
(Estos son ejemplos auténticos - citados de la memoria - del
seminario teológico donde trabajé por algunos años.)
La existencia de tales leyes demuestra una sola cosa: que en tal iglesia o institución hay más pecadores que cristianos verdaderos. Porque si la mayoría fueran cristianos, tales leyes no serían necesarios. Y por desgracia, el sistema evangelicatólico no les muestra el camino verdadero para ser librados de la ley: el arrepentimiento de corazón, la fe, y la salvación por la gracia de Dios en Jesucristo.
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